Durante meses, muchos habitantes de la isla habían especulado sobre qué harían ese día. Ante la alarma generada, el habitual inmovilismo y la tendencia de la sociedad mallorquina a evitar los conflictos, muchas personas decidieron quedarse en casa o desplazarse a lugares apartados con suficiente antelación.
Con la intención de abordar el fenómeno tanto en su dimensión social como telúrica, Marijo Ribas hizo un llamamiento público para que personas de su entorno le enviaran vídeos grabados unos minutos antes y después del eclipse. Recibió más de 70 aportaciones que, en su mayoría, confirmaron el carácter local del acontecimiento y no representaron imágenes de colapso. Quienes acudieron a las zonas más congestionadas, sin embargo, experimentaron una concentración de personas compartiendo una mirada colectiva hacia el cielo. El eclipse resultó ser más emocionante de lo que muchos habían imaginado.
María Jesús Villalonga fue una de las personas que, sin conocer personalmente a Ribas, recibió su llamamiento y decidió participar. Envió unas imágenes grabadas por su hijo en el mar con una moto de agua, así como una fotografía de su perro con gafas de protección. También sugirió incorporar una coral al proyecto. Ribas acogió la propuesta, entendiendo que el carácter colectivo del material recopilado pedía también un sonido coral.
Además del material caleidoscópico reunido a través de esta convocatoria, Ribas colaboró con la Coral Juvenil de Joventuts Musicals de Palma i de la UIB en la grabación del audio.









